Las peleas de gallos: una tradición arraigada desde la Nueva España
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Las peleas de gallos, consideradas hoy una de las expresiones más controvertidas de la cultura popular mexicana, tienen un origen profundamente arraigado en la historia del país. Su práctica se remonta a la época de la conquista y colonización de Anáhuac, cuando los soldados y funcionarios españoles encontraron en los gallos de pelea una forma de entretenimiento, apuesta y desahogo.
Durante la época virreinal, este espectáculo se convirtió en uno de los pasatiempos más populares de la Nueva España. Se practicaba en cuarteles, hospitales, tabernas e incluso en plazas públicas. Lo sorprendente es que virreyes, nobles y altos funcionarios no solo toleraban este juego, sino que asistían con entusiasmo y, en muchos casos, participaban activamente en las apuestas.
Hombres, mujeres, criollos, mestizos y españoles compartían esta afición, llegando a apostar no solo dinero, sino también alhajas, animales y propiedades, lo que provocó en no pocos casos la ruina de muchas familias.
El auge del juego alcanzó tal intensidad que, a finales del siglo XVII, el arzobispo Francisco de Aguiar y Seijas intentó prohibirlo sin éxito. Paradójicamente, la represión impulsó aún más la afición en villas y pueblos, obligando a las autoridades a reglamentar las peleas y, eventualmente, cobrar impuestos por ellas, lo que generó ingresos significativos para la Corona.
En la Ciudad de México, varias zonas fueron testigos del fervor gallístico. Calles como la actual Santa Veracruz fueron conocidas como el Callejón de los Gallos, y la séptima de Mesones también llevó ese nombre en su momento.
Desde el siglo XVI hasta bien entrado el siglo XX, poco han cambiado los elementos que rodean a las peleas de gallos: la pasión, el riesgo, las apuestas y el espectáculo. Aunque hoy el tema genera controversia por el maltrato animal, su papel en la historia de México es innegable.