Guerrero bajo fuego: el terror que Obregón y Calles llamaron “pacificación”
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En 1915, el estado de Guerrero vivía bajo un régimen de terror. La violencia, la inseguridad y la escasez de alimentos eran el reflejo del llamado proceso de “pacificación” impuesto por las fuerzas carrancistas. Detrás de ese discurso se escondía una brutal campaña de exterminio contra los pueblos que simpatizaban con el zapatismo.
La prensa oficialista, servil al régimen, se convirtió en un instrumento de propaganda. Cada día publicaba falsos “triunfos” del constitucionalismo y glorificaba la figura del general Álvaro Obregón en el norte, como símbolo de orden y progreso. Sin embargo, la realidad era otra: los campesinos, las comunidades indígenas y los trabajadores seguían padeciendo el hambre, la represión y los abusos militares.
El periódico The Mexican Herald reflejaba con fidelidad el tono complaciente de la prensa al servicio del poder. Sus páginas hablaban de “pacificación” y de “reanudación de la minería”, mientras los pueblos eran incendiados, los líderes agraristas fusilados y las mujeres sometidas al terror militar.
“El general Martín Vicario ha logrado ocupar las principales poblaciones de Guerrero… los habitantes gozan de toda clase de garantías”, decía el mayor Germán Díaz.
Nada más lejos de la verdad. Las “garantías” se reducían al sometimiento por el miedo.
Mientras tanto, en el norte, Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles consolidaban su poder político con el mismo método: la violencia justificada en nombre de la Revolución. Ambos, envueltos en el discurso de la legalidad constitucionalista, suprimieron las voces campesinas y populares que pedían tierra, justicia y libertad. La Revolución, en manos de estos hombres, dejó de ser un movimiento del pueblo para convertirse en una maquinaria de poder.
El estado de Guerrero, bastión del zapatismo y ejemplo de resistencia popular, fue uno de los primeros laboratorios de esa política de hierro. Tras el asesinato del gobernador Julián Blanco y el ascenso del general Simón Díaz Estrada, el terror se institucionalizó. La represión, el hambre y la desconfianza se extendieron como una sombra sobre toda la región.
Así fue como, en nombre del “orden” y la “patria”, los caudillos que se proclamaban herederos de la Revolución sembraron miedo y muerte. Obregón y Calles no pacificaron a México: lo disciplinaron a golpes de bala y censura.